Ángel Villaverde Serrano presenta : La otra Cozumel – Zyanya

Colaboraciones

17 febrero 2014

Una de las principales características que define al jugador de aventuras, y al aventurero en general, es su gran imaginación, que lo hace capaz de apoyarse en unas pocas líneas de texto para crear todo un complejo mundo donde interactuar.

Aprovechando esa cualidad, teníamos pensado desde hace tiempo iniciar una sección donde todos los que quisieran pudieran desarrollar su ingenio creando relatos de cualquier tipo y sobre el tema que sea, tanto de aventuras como de cualquier otro argumento.

Pues bien, hoy iniciamos esta “aventura” con uno de los primeros relatos que hemos recibido.

Se trata de “LA OTRA COZUMEL – Zyanya” firmado por don Ángel Villaverde Serrano.

Sirva esto como invitación para cualquier creador que desee enviar sus obras con la garantía de que serán publicadas tal cual han sido recibidas y solo con el añadido de algún comentario aclaratorio o alguna ilustración.

Y para aquellos que se les dé mejor dibujar que escribir, también se pueden pedir escenas del libro “La Diosa de Cozumel”, ya en fase de corrección, para que los artistas nos deleiten con su visión particular.

Empecemos pues. Y repito, quedáis todo invitados a participar, compartir y difundir esta iniciativa.

El Viejo Archivero espera vuestras participaciones en:

andresam@infonegocio.com

LA OTRA COZUMEL

Zyanya

Corren los años veinte, y el tráfico marítimo se ha multiplicado en todo el mundo rápidamente. El Caribe, con sus decenas de islas relativamente próximas y la cercanía al resto del continente americano, se ha transformado en un caleidoscopio de culturas, y de esa mezcolanza han surgido bellezas indias como la de Zyanya. Si bien Zyanya no es una chica guapa al uso, hay en ella un atractivo nuevo y distinto, algo de lo cual ella es plenamente consciente.

Zyanya limpia la mugrienta barra de una vieja taberna. La taberna se encuentra en la plaza de armas del pequeño pueblo pesquero de San Marcos, en la recoleta isla de Cozumel, a pocas millas de la costa oriental de la península de Yucatán, en México. Zyanya nunca ha conocido otro lugar que no fuese ese pueblito, donde al parecer sus padres, incapaces de mantenerla, la abandonaron al poco de nacer antes de hacerse al mar en un pequeño bote, la proa apuntada al continente, para nunca volver.

Sus ojos tristes son de un poco frecuente color claro. Es brillante y blanca su sonrisa, como la luna. Zyanya es especialista en sonreír. Cada vez llegan más y más barcos a la isla, y su trabajo es satisfacer las necesidades de los rudos hombres de mar que echan el ancla en ese tugurio por unas horas. Cuando el maestro de escuela, que encontró su cuerpecito desnudo bajo la tormenta a la puerta de la iglesia aquella noche, no pudo seguir cuidándola, ella misma decidió buscar empleo, y el tabernero se lo dio.

Han pasado algunos años desde entonces, y Zyanya se ha convertido en una joven quizá no muy agraciada, pero sí dotada de unos exóticos rasgos que atraen a buena parte de los marinos que recalan en aquellas tierras. Por unos pocos pesos, les lleva a un deprimente cuartucho de la trastienda del bar donde, entre cajas de cartón llenas de botellas del apestoso ron casero que destila el tabernero, ellos se desahogan mientras ella piensa en una vida mejor. No suele hacer falta hablar: ella no entiende los idiomas nativos de la mayor parte de estos hombres.

Zyanya no es feliz. De no ser por el revólver cargado que el tabernero guarda bajo la barra, en más de una ocasión se habría aproximado a él y le habría estrellado en la cara una botella de aquel mismo ron. Después, aprovechando el breve momento de aturdimiento, le habría ahogado con sus propias manos, mirándole fijamente para ver cómo la vida escapaba de esos ojos inyectados en sangre. Pero lo cierto es que el revólver sigue bajo la barra, y todo lo demás son imaginaciones de una muchacha que anhela conocer otro futuro, sea el que sea.

Pero hoy soplan vientos nuevos en San Marcos. A lo largo de la mañana, ya dos lugareños han entrado a la taberna mencionando a un forastero que parece haber llegado a la playa arrastrado por las olas. Zyanya se pregunta de dónde habrá venido ese forastero, si será otro más de esos brutos marineros o si, por el contrario, será un apuesto galán que la suba a un elegante caballo blanco (animal que ella no ha visto jamás, aunque sabe cómo son porque el maestro le mostró viejos daguerrotipos y fotografías en libros) y la lleve… bueno, a donde sea.

En realidad, lleva tanto tiempo deseando poder salir de esa miseria que varias veces ha expresado su deseo en voz alta, lo que le ha valido golpes del tabernero, amén de otras vejaciones y castigos. Por eso, en esta oportunidad, Zyanya se limita a exhalar un hondo suspiro antes de seguir frotando la barra con un trapo ya bastante sucio de por sí.

De repente, y como respondiendo a la silenciosa petición de Zyanya, la puerta del local se abre despacio. Entra, precavido, un hombre de mediana edad, ataviado con unos estrafalarios pantalones cortos y una camisa abierta, evidentemente no de su talla. Con parsimonia se acerca a la barra, observándolo todo a su alrededor.

Las miradas de Zyanya y del forastero se cruzan.

Por primera vez en mucho tiempo, Zyanya sonríe de veras.

Ángel Villaverde Serrano

Febrero 2014

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